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Tuesday, December 7, 2010

Ballet Folklorico de Mexico de Amalia Hernandez, Palacio de Bellas Artes

Ballet Folklorico de Mexico de Amalia Hernandez, Palacio de Bellas Artes



Saltillo arropó con aplausos al importante grupo de danza fundado hace cinco décadas y el Teatro de la Ciudad, repleto, recibió este viaje por la historia mexicana

Encorvados, como llevando a cuestas la esperanza de los mexicanos, los matachines abrieron uno de los espectáculos más esperados: el Ballet Folklórico de México. Ovacionados en París, Beijing y otras partes del mundo, estos guerreros de la fe iniciaron un festival mágico. Saltillo aplaudió tanto esta noche que se confundieron los aplausos con las sonajas y las sonrisas con las lágrimas.

El Teatro de la Ciudad estuvo al límite en su capacidad, más de mil quinientas personas abarrotaron este punto donde la palabra patria se vivió en cuatro dimensiones. Con un programa que abarcó los puntos cardinales del alma del país, el Ballet Folklórico de Amalia Hernández demostró no sólo su calidad y precisión, sino el amor al suelo mexicano.

La Cuna de la Revolución tuvo quien la meciera. Así, la presencia de doña Evangelina Valdés de Moreira, Vanessa Guerrero de Moreira y la madre del titular del Instituto Coahuilens e de Cultura —Armando Guerra, quien no se quedó con las ganas de saludar a su mamá desde el escenario— le dieron el toque maternal al evento.

La moda seguramente cambiará en Saltillo. Los sarapes se agotarán después de ver cómo los charros en sus bailes cobijaron sus romances, o no faltarán los imitadores del Charro que con las suertes de su soga logró conquistar a una mestiza —a muchas, en realidad, la mayoría de las presentes cayeron en sus redes… literalmente— y las coahuilenses demostrarán su actitud valerosa contagiadas por las soldaderas, que con sus carabinas sometieron y enamoraron a los más rebeldes.

Pero si la pasión revolucionaria parece demasiado formal —y peligrosa—, está la contraparte de las faldas airosas rebosantes de color donde se reflejaban los lagos de Pátzcuaro o la inocencia de sonrisas mulatas que bailaban al son veracruzano. Y para la elegancia y misticismo, el tocado de los Quetzales que recordaron la grandeza del reino de Moctezuma, inspiración para los nuevos gobernantes.

La verbena comenzó cuando un negrito cucurumbé derrochó color. Su cabeza gigante y su cuerpo cadencioso invitó a los saltillenses a anestesiar cualquier dolor en turno y entregarse sin reparos a un festival donde las mojigangas de angelitos, diablos y mujeres gigantes bailaron con el público hasta el cansancio.

Revolución instantánea. De pronto la muerte estremeció el escenario. La Danza del Venado comenzó. Lentamente las contorsiones del artista se fueron propagando al auditorio. La flecha atravesó su cuerpo, pero su alma seguía íntegra. El último aliento del animal se vivió con respeto en un monólogo corporal que hizo que los aplausos sangraran. Las sombras consumieron al danzante, como las heridas invisibles para los ojos pero tangibles para las almas de quienes sacrificaron por el animal un aplauso como despedida.

Los mariachis compartieron el escenario con los cantantes de Guerrero y Veracruz, cada quién desde sus posibilidades artísticas entonaron nuevos himnos para la patria. Los pies de hermosas bailarinas, las notas de las trompetas y las serpentinas arcoiris tejieron un final de película para esta nueva definición de Revolución. El ballet borró fronteras con sus pisadas y le concretó a México en una palabra: Vida.

Fuente: vanguardia

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